Opinión: “Paro sí, paro no… ¿Y la conciencia de clase?”

*Por Elio Carrasco

Hoy, luego un largo período de espera para los trabajadores y de gracia para el oficialismo, se dio el primer paro de la CGT unificada a lo largo y lo ancho del país. Con una enorme adhesión, mayor incluso que la del 1A, marcó un punto de inflexión en la lucha de los trabajadores contra las políticas económicas y las medidas de ajuste de Cambiemos. La huelga nacional dejó, per se, varias consignas para analizar.

Me enfocaré, más que en las cuestiones políticas y económicas, en las cuestiones sociales. Durante todo el día me fue recurrente escuchar, de un lado y del otro, argumentaciones a favor y en contra del paro. “Estos hijos de puta nos están matando de hambre”, decían unos. “Vagos de mierda, estoy harto de los cortes y piquetes, vayan a laburar”, esgrimían los otros. Haciendo a un lado frases poco afortunadas y análisis simplistas, los reclamos de fondo tienen puntos válidos en cada extremo. Pero en ambos casos, los exponentes tenían más cosas en común que diferencias sustanciales, sobre todo en sus formas de vida. La grieta, ese concepto tan bastardeado como la reputación del choripán, no es entre kirchneristas y no kirchneristas. La división más preocupante y real, se da en el seno mismo de la clase trabajadora. Ha separado a amigos, hermanos, parejas, compañeros de trabajo. Si bien es algo que trasciende nuestra era, viene profundizada por este gobierno y potenciada -claro está- por los 12 años de lo que algunos ven como la década ganada y otros como todo lo contrario, se ve una fragmentación social del cuadro asalariado que poco o nada sabe de distinción de rubros. Obreros contra obreros, docentes contra docentes, peones contra peones. En definitiva: el proletariado gritándole al espejo mientras se llenan los bolsillos el sindicalismo y el gobierno. Y aquí debo hacer una escala analítica. Tan preocupante como la falta de empatía y conciencia de clase, es el papel que juega el sindicalismo argentino en todos sus estratos y el contexto en que se da. La burocratización gremial, que lleva un largo recorrido en la historia de nuestro país con sospechas de connivencia con todos los gobiernos desde el 55 hacia acá, es aberrante, es cierto. Quienes deben representar a los trabajadores han puesto, en muchos casos, primero sus propios intereses personales y políticos por sobre el de sus representados. Pero existen también muchos casos en que los dirigentes sindicales que han librado batallas justas en nombre de sus asociados deben sufrir, ellos y sus reclamos sociales, una permanente estigmatización social proveniente en parte del propio sistema -nada que sorprenda- y en parte de la misma clase media. Esto último, ciertamente, es inquietante. Y es tal el nivel de ceguera existente, que hay casos en que cuando un sector obrero pierde puestos de empleos pretende solidaridad inmediata y absoluta de todos, pero cuando el reclamo proviene de otra facción se lo deslegitima. O lo que es peor aún, se lo ignora. Y se sabe, para los promotores de una lucha justa, no existe nada peor que la indiferencia. Más cuando esta viene de sus propios pares.

Volviendo al cauce original, hay que decir que si bien este paro nacional sienta un precedente y sirve para “marcar la cancha”, aún no hay atisbos de una real organización de las clases subalternas. Se siguen sucediendo marchas, movilizaciones y huelgas aisladas. No existe hoy una coordinación multisectorial de esfuerzos de la clase baja y media -principales afectados por el actual rumbo económico- para concretar una medida contundente, multitudinaria y visiblemente irrefutable para la dirigencia política y sindical que ponga finalmente las cartas sobre la mesa. Hasta que eso no ocurra, lo que se vivió hoy es probable que no sea más que una secuencia abstracta, como un bucle repitiéndose en el tiempo, sin efecto alguno en el futuro. En fin, nada más que un déjà vu de lo que va a venir.

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