Amenaza de desalojo y represión a pueblos originarios en Costa del Lepá

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Crédito Revista Cítrica.

Juana Antieco pertenece a la comunidad de Costa del Lepá. No hay señal telefónica. Una o dos veces al día se trasladan, tanto Juana, como su hermano Eusebio, y otros integrantes de la comunidad, para poder estar en contacto. Lo hacen con cuidado, «por una cuestión de seguridad», afirma.

«Llevamos casi 100 años de un reclamo pacífico que se inició con mis abuelos, a quienes les usurparon y quitaron el territorio. Después pasó lo mismo con mi padre, y ahora continuamos nosotros», explica Juana, y agrega que «el tiempo de espera y la paciencia se agotaron». Como así también todos los mecanismos de diálogo posibles. Por eso es que llegaron a la determinación colectiva de hacer efectivo el proceso de recuperación de las tierras.

La comunidad de Costa del Lepá pertenece a la Gran Reserva, que es lo que hoy se conoce como Departamento de Cushamen. Fue una reserva indígena creada en el gobierno de Julio Argentino Roca, que otorgó por decreto nacional unas 78600 hectáreas a los pueblos originarios, las cuales fueron distribuidas entre muchas familias.

Costa del Lepá se encuentra a 45 kilómetros al noreste de Esquel. Allí viven unas 30 familias. «Mis abuelos -Zenón Antieco y Manuel Antieco- estaban instalados a ambas márgenes del río. Con el paso de los años empezaron a aparecer mercachifles y vendedores; y también otras familias que habían sido desalojadas de sus territorios originarios. Y mis abuelos les dieron permiso para que hagan su casa, cultiven la tierra y tengan animales. Entonces la zona empezó a poblarse con otros apellidos, algunos de ellos descendientes del pueblo mapuche».

Juana habla de sus ancestros: «Nosotros nos auto reconocemos como mapuche-tehuelche. El linaje materno es tehuelche y el paterno es mapuche. Según nuestros registros, en 1935, censaron la población que habitaba Costa del Lepá y eran todos Antieco. El inicio del conflicto que hoy se desencadena en la recuperación del territorio ancestral fue cuando en 1940 -aproximadamente- apareció un turco llamado Meljem Bestene, que hizo firmar con el dedo a todos los pobladores excepto a mi abuelo, los mapuches no sabían escribir- y aprovechándose de esa situación, con las típicas mentiras de los terratenientes, les hizo creer que estaban firmando un permiso para hacer un camino«.

«Les mintió. Esa conformidad que firmaron era para despojarlos de sus tierras tradicionales. Ahí es donde se inicia un largo proceso de reclamos a través de mis abuelos, que luego continuó mi papá, Julio Antieco. Siempre fueron reclamos en el marco del respeto y pacíficamente, respetando a las autoridades -aunque sabemos que son cómplices de los terratenientes y los estancieros-. Al morir mi papá continuamos nosotros», cuenta Juana.

Señala además que «fuimos expulsados del territorio de una manera muy violenta, a través del Estado, la Justicia y la propia Iglesia. Eso nos llevó a migrar a las periferias de las ciudades, a ser sirvientes de los ricos». Y agrega: «De esas 78600 hectáreas de territorio nos quedaron 2 lotes de 2000 cada uno. El dominio de mis abuelos llegaba hasta casi el pueblo de Trevelin».

Lo cierto es que Bestene no solamente alambró, se hizo una casa y se apropió de las mejores tierras en la vera del río y también en las sierras -que era la zona del pastoreo comunitario- sino que tras 70 años de reclamos (y muchos gobiernos de diferentes partidos políticos que nunca resolvieron nada) ahora busca realizar otro acto ilegal.

 

Fuente: Revista Cítrica

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