Divididos detonó el Ruca Che

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Foto: Yamil Molina - Elio Carrasco
Foto: Yamil Molina – Elio Carrasco

Neuquén.- La última vez que había ido a ver a Divididos fue en Córdoba Capital, y la entrada salía 30 pesos. Eso fue hace 4 años, allá por el 2009 justo antes de que sacaran «Amapola del 66» y fue la primera y única vez que pude verlos en vivo en un recital propio.  Hasta ayer, que me acerqué a las ventanillas del Ruca Che para comprar mi entrada. Salió 220 pesos, una diferencia lógica y sustancial teniendo en cuenta los años que pasaron, pero sin dejar de ser un aumento importante. Pero si en algún punto de la lectura a alguien le parece que pasar de pagar 30 pesos a pagar 220 por una entrada para un recital es caro, es porque definitivamente no estuvo ayer en el Ruca Che.

Apenas entrados al recital pudimos apreciar la euforia del público que vibraba al compás que marcaba la batería de Catriel Ciavarella sonando vigorosamente y armónicamente, en un ritmo que se complementaba perfecto con los acordes del bajo de Diego Arnedo  y que sirvió de preludio para darle paso al riff de Ricardo Mollo que dió comienzo a «¿Qué tal?» y el Ruca Che explotó. El poggo y su virulencia se extendieron como una epidemia por todo el establecimiento contagiando a todos con una sola consiga: Saltás o saltás. Fue imposible no hacerlo, no solo por lo contagioso del ritmo, sino además porque el mismo público te obligaba a hacerlo.

Solo por el altísimo nivel musical demostrado en ese tema y la experiencia generada por el poggo, estaba justificada la entrada, pero Mollo y compañía no se quedaron ahí: hicieron excelentes re-versiones en vivo de temas como «Paisano de Hurlingam», «Spaguetti del rock», «Ala Delta» -que incluyó 5 demenciales minutos de intro a pura improvisación-; «Sisters», «Sucio y desprolijo», «Mejor no hablar de ciertas cosas» y una sublime interpretación de «Mañana en el Abasto»,  entre muchos otros temas para hacer detonar al Ruca Che. Además el show incluyó permanentes solos descomunales de estas 3 bestias del rock -que con ellos no hicieron otra cosa que ratificar porqué son llamados «La Aplanadora del Rock»- entre los que sobresalió uno de Mollo tocando la guitarra con la boca. Sí, con la boca. Para aplaudir de pie hasta que sangren las manos.

Y para no declinar en el nivel, se despidieron con un cierre a toda orquesta con Mollo abandonando la viola sobre el escenario sonando con ruidos extraños pero nunca ajenos al show, bajándose a saludar a todo el público en persona y dejándole a Catriel y a Arnedo el remate de una noche y un espectáculo de otro planeta. Cuando hubieron tocado la última nota, el Ruca Che estaba prendido fuego y el público, más que satisfecho.

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