Opinión: «Filosofía barata y tragedias de moda»

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*Elio Carrasco – Contacto: elio@vientosurnoticias.com.ar

¿Fue realmente la gota que rebalso el vaso o es simplemente otra exagerada reacción ante otro colgajo de esta democracia que por momentos pareciera florecer y por otros se descalabra como un fútbol viejo, gajo por gajo, o se desmorona de golpe como un castillo de naipes mal armado?

La frase pronunciada por Cristina ayer, «No quiero parecerme a los que dejan que se muera gente en la bodega», retumbó en los oídos de todos el país por cadena nacional. Como un imprudente chispazo reavivó la llama de un debate que se propagó tan veloz como un regadero de pólvora y de una forma en que muchos oficialistas seguramente desearían que hubiera seguido olvidado y apagado ¿Tiene razón en lo que dijo o sus palabras estuvieron teñidas de hipocresía? Difícil saberlo. Quizás es un poco de esto y un poco de aquello.

Lo que sí parece ser cierto, es que no hay un término medio. Detrás de cada debate, de cada polémica desatada el mensaje o planteo final pareciera ser «o estás con nosotros o estás con ellos».  No existe un punto neutro. Y en tiempos eleccionarios, menos pero… ¿Es ese todo el contexto? «Es increíble como la critican estos descarados, ¿Vos te pensás que la Presidenta se entera de que pasan esas cosas horribles en Chaco?», me preguntó ayer mi abuela enojada mientras escuchaba radio Mitre. Por segunda vez, como cuando le expliqué porque CFK prefería a Pichetto y ni siquiera invitó a Weretilneck a la inauguración de la UNRN en Roca realizada en plena campaña por la disputa del Ejecutivo provincial durante el pasado mes de mayo, tuve que romperle el corazón.

«Por supuesto que lo sabe. Si sabe que dejan morir gente en las playas, como no va a saber lo que pasa en su propia casa. Y si no, debería saberlo porque el problema no es para nada nuevo», le respondí y me gané una mirada fulminante. Pese a sus más de 70 años aquella primera vez entendió, y esta también, por eso lo único que me devolvió fue: «Es humana, no puede estar en todos lados». Y tácitamente decretamos un empate porque, ¿Para qué elegir la confrontación cuando sabemos que en el fondo los dos tenemos razón?

Como sucede con muchas cuestiones actuales de la vida, la frase de Cristina depende de la perspectiva. Sí es cierto que al amparar las víctimas del conflicto Argentina demostró y dio un ejemplo de grandeza ahí donde otros países de «primera línea» solo fomentan hambre, miseria, muerte y guerra. Y también lo es que no queremos parecernos a ellos. Pero, tampoco podemos apuntar a los demás con el dedo sin dejar de mirarnos al espejo. Sería estúpido e irresponsable hacerlo.

El hecho de que Cristina no haya siquiera mencionado el incidente en Chaco en su discurso tiene que ver con una actitud netamente electoralista. La oposición se encargó de recordárselo y los grandes medios compinches de la crítica oportunista se encargaron de reflejar que su infortunada frase fue expresada «al mismo momento en que se conocía que en Chaco murió un nene qom por desnutrición», pese a que en realidad la noticia se sabía desde el 2 de septiembre. Ninguno de los opositores que salió rápidamente a la cancha a cruzarla, calzándose heroicamente la 10 en la espalda como legítimos portadores de la voz de la indignación, se tomó siquiera la molestia de señalar que ese «nene qom» que se llamaba Óscar Sánchez y tenía apenas 13 años fue víctima de algo mucho más macabro.

Al mismo tiempo todos ellos se encargaron de utilizar su situación como punta de lanza para acrecentar su figura en un arcaico enfrentamiento mediático y -como en una épica batalla medieval- las flechas comenzaron a volar sin cuartel de un lado y del otro. No hubo un solo mensaje analítico o verdaderamente reflexivo de los hechos porque la realidad es que la muerte del «nene qom» en el fondo les importó lo mismo que a mí me puede llegar a importar el Súper Tazón.

«Pero entonces que rol, jugas vos, al final ¿sos kirchnerista u opositor?», quizá se pregunte aquel lector que todavía no lo entendió. Aquel que no entendió que no se trata de elegir lados, ni de defender posturas a rajatabla por militancia, ni de estadística o estrategias políticas. Claramente hay un poco de todo eso mezclado en el cóctel que nos inyectan los medios todos los días, pero en el fondo se trata darnos cuenta de que esto va más allá. Reaccionamos cuando una foto nos da un baldazo de realidad y al día siguiente chau. Ya está. Por supuesto, la clase política lo usará un par de semanitas como plataforma para decir lo buenos que somos por recibir refugiados de Siria o para reflejar -insisto, de forma oportunista- lo hipócrita que es apuntarle a los demás cuando en Argentina tenemos nuestros propios «problemitas» pero… ¿Es eso y ya está? ¿Hasta ahí llegamos? Que fácil perdemos de vista el bosque por enfocarnos en el árbol.

Obviamente nada de esto quita que haya responsabilidad gubernamental en una situación puntal. Lo aberrante de que Capitanich catalogue el deceso por una «cuestión cultural» naturalizándolo y lo bizarro que es que el titular de Materno Infancia del Ministerio de Salud de Chaco diga que el origen solo fue «una infección pulmonar severa», únicamente lo supera lo ridículo y demagogo que suena el hecho de que se esgriman excusas «políticamente correctas» en lugar de admitir que en realidad se trata cuestiones de fondo mucho más serias vinculadas con la pobreza y el fracaso del sistema socio-sanitario público, que están haciendo estragos en las comunidades indígenas que habitan en El Impenetrable. ¿O acaso ya nos olvidamos de Víctor Femenia (7), alias «el hecho aislado»? ¿Les suena? Si no, ya vendría siendo hora de que nos saquemos la venda. Y la careta. «La pobreza es la peor de todas las formas de violencia», decía Gandhi.

No se puede maquillar la muerte y el hambre con números y declaraciones de estadísticas convenientemente positivas. Quedó demostrado con el desastre de La Plata en 2013 que movilizó a toda Argentina y queda demostrado ahora con lo que sucede en Siria. Tampoco es sano fanatizarse sin interiorizarse, compartiendo «de onda» fotos morbosas o tendenciosas (que son hábilmente explotadas por la demagogia opositora) en las redes sociales de forma hipócrita. Si me dieran una moneda por cada vez que me ha tocado leer incoherencias K o anti K en una foto tendenciosa queriendo justificando lo injustificable, mi fortuna sería inconmensurable.

A veces pareciera que da igual que el tema de moda sea Aylan Kurdi, los refugiados sirios, la franja de Gaza, Oscar Sánchez, los 25 aborígenes asesinados en conflictos por tierras desde 2007 para acá, la represión brutal y la quema de urnas en Tucumán, o cualquier otro mal de nuestra decadente sociedad que es puntillosamente aggiornado con música triste de fondo para vendernos una historia conmovedora y melodramática a través de cualquier pantalla que se convertirá en la fugaz «noticia de la semana» para luego ser rápidamente olvidada. Lo importante es aprovechar y exprimir al máximo la tragedia del momento, ¿no es cierto? El reclamo por los Qoms es legítimo, por supuesto, pero la forma en que se lo explota por conveniencia no.

Y así como nos enojamos de a ratitos por los Qoms, el vértigo del día a día y la trampa de la rutina nos llevan a caer en el conformismo de indignarnos frente a la tv por «lo mal que está el mundo» sin hacer nada por cambiarlo ¿Que votamos? Sí, por supuesto que votamos porque somos «el pueblo». La pregunta es, ¿alcanza solo con eso? ¿Qué tal si participamos? ¿Qué tal si frenamos, por dos segundos y nos damos cuenta de donde estamos parados? ¿A nadie le resulta llamativo que estalle una «guerrita» justamente en Siria? Curiosamente el único país laico de Medio Oriente, que apoya a Palestina, que posee una rica reserva de petróleo y no tiene deudas con el FMI, que no tiene un Banco manejado por Rotschild, que ha prohibido el cultivo y la importación de transgénicos. Basta de hipocresía. Desde hace décadas Israel y Occidente muestran un interés casi obsesivo en que Siria caiga.

Lo que pasa es que no queremos darnos cuenta porque vivimos en una gran jaula sin rejas donde nos dedicamos a seguir los preceptos heredados sin cuestionarlos porque desde el vamos nos educaron para no darnos cuenta de que somos el hámster que hace girar la rueda que mantiene funcionando un mediocre y vil sistema mientras esos que reciben premios Nobel de la Paz y otros tantos que se jactan de ser nuestros representantes y líderes mundiales se dedican pasearse delante de los micrófonos revoleándose acusaciones y/o justificaciones por la cabeza convencidos de que hasta que no haya suficiente guerra no vamos a estar, completamente en paz.

No va a faltar el que en este punto esté pensando: «Sí, es todo culpa de ellos». Pero, ¿y por casa como andamos? ¿Cuándo asumiremos que si todo se fue al carajo en el mundo nosotros fuimos -y somos- cómplices en cierto punto por no hacernos cargo, por mirar siempre para el costado? Nadie mejor que uno mismo para mantenerlo informado. Para darse cuenta de que no es solo la guerra y la pobreza. La indiferencia y la ignorancia también matan. Acá, en Siria o en Indochina.

Y hoy sentado acá, en la patética y paradójica comodidad de mi hogar, no puedo dejar de pensar en lo lejos que estamos como sociedad de poder llegar a cambiar nuestra realidad cada vez que caemos en la vulgaridad de sobreponer la defensa de posturas e ideologías políticas y/o religiosas por sobre la humanista. Cada vez que dejamos que se disfracen de autodefensa las justificaciones del linchamiento fascista. Cada vez que vemos algo que nos conmueve genuinamente, pero pasa muy lejos nuestro y entonces solo compartimos la fotito del acontecimiento en Facebook para después apartar la vista y seguir normalmente con nuestras vidas. Cada vez que sucede algo de eso, no hacemos más que perpetuar la decrépita imagen nuestra realidad que se repite siempre como un dantesco deja vu, volviéndose una constante de nuestro presente. Mientras sigamos analizando todo de forma tozuda, aislada y parcializada, la pobreza, el hambre, y las guerras generadas y fogoneadas por los «grandes mercaderes» engendrarán más y más muerte. Pero claro, mientras no nos afecte podemos darnos el lujo de ser indiferentes… No vivimos en paz, pero somos libres, ¿cierto?

Si de verdad queremos ver algún día reflejado un cambio significativo no debemos esperarlo sentados, debemos construirlo ladrillo por ladrillo y haciéndonos a la idea de que tal vez no lleguemos a disfrutar nosotros del resultado, pero al menos dejaremos un mundo mejor para las generaciones que vienen.

Y para ir redondeando, respecto al absurdo y extremista fanatismo político existente en los tiempos que vivimos, se me cruzan mil pensamientos posibles por la mente. Pero, creo que ni en diez páginas más de redacción podría sintetizarlos tan bien como en la siguiente frase del célebre Albert Einstein: «Mi ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado».

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