Opinión: «Si mataron al Superclásico más esperado, quedan pocas esperanzas»

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collage futbol opinion

*Por Elio Carrasco

La noche anterior al Superclásico del siglo, me acuerdo que trasnoché por la ansiedad y me quedé despierto hasta las 2 y media. A las 2.22, de ese jueves que pensé sería histórico, escribí ilusionado: «Hoy tienen que ser Boca. A matar o morir, pero de pie…». Nunca imaginé que iba a presenciar una muerte realmente, lo escribí pensando siempre que el partido se jugaría dentro de la cancha. Ironías de la vida o no, iba a terminar por darme cuenta de lo errado que estaba recién cuando era muy tarde y el hedor de la muerte ya se respiraba en el aire.

La peor cara de nuestro querido y agonizante fútbol argentino quedó expuesta al mundo en ese preciso segundo en que se confirmó la agresión a los jugadores de River y se arruinó la fiesta. De ahí en más fue todo incertidumbre, caos, descontrol y angustia.

Quedó en evidencia la más avergonzante y arrogante faceta con la que fútbol cuenta. La de la guerra de poder, siempre sedienta de sangre y vergüenza, que en la noche del jueves,  nuevamente tomó al fútbol de rehén y les mostró en vivo a todos como aniquiló sin titubear al evento deportivo más esperado por millones de habitantes del planeta Fútbol desde hacía más de 11 años. Un cruce por Copa Libertadores entre River y Boca, mejor conocido como el Superclásico del fútbol argentino.

Ese mismo que fue herido de muerte por culpa de connivencias entre delincuentes, transformando lo que antes era “la fiesta de todos” en el negocio de unos pocos. Sembrando una impotencia que derivo primero en enojo y después en división, con insensatos que la fomentaban -y aún lo hacen- buscando generar una antinomia innecesaria, casi arcaica, que no lleva a nada. O mejor dicho, que atrasa al punto mismo de sentir que esto que vivimos es cada vez menos Súper, y más «clásico». Que este deporte es cada vez menos fútbol, y más argentino.

¿Que la pelota no se mancha? Yo siento que es un prisionero, y en su rostro todavía está la mancha de sangre del Superclásico internacional que no fue, mientras observa maniatada como está a punto de ser sádica y vilmente descuartizada. Contempla con impotencia -igual que nosotros- como será entregada en un maquiavélico y pérfido sacrificio para perjuicio de unos y beneficio de otros en el ámbito del perverso juego político que convirtió el fútbol en un circo llevándose por delante lo que venga sin medir consecuencias y donde todo se potencia en un año electivo, poniendo siempre «pierna fuerte».

Lo que antenoche transmitieron en directo, no fue otra cosa que el asesinato del concepto de “espectáculo deportivo familiar en paz” que tanto pregona el fútbol, frente a todos los que estaban mirando, en sus casas, en el estadio o desde cualquier lado. Pero no quedó ahí, sino que después, el bochorno se convirtió en escarnio.

Porque inmediatamente después de que fuera consumado el escándalo, empezó una espera eterna para decidir si seguía o no, mientras seguramente los teléfonos de algunos contaminantes personajes que ostentan altos cargos dirigenciales ardían y las presiones e intereses políticos iban y venían, a las autoridades responsables les temblaban las patitas para decidir que hacían. En el medio, el desconcierto de jugadores, los desencuentros entre técnicos, y el dron en medio de la cancha. El aberrante remate fue que además, incluso después de que se determinara la suspensión, tuviera que pasar más de una hora y media para que los jugadores pudieran abandonar la cancha.

Esto último, sumado a todo lo anterior, seguía salpicando de vergüenza al futbol argentino en el mundo entero y a medida que el tiempo transcurría poco a poco íbamos tomábamos dimensión de todo. Es una sorna aberrante que esta suspensión forzada mal intencionadamente haya sido perpetrada en el día del futbolista. Era un día para la paz, para una tregua, una oportunidad de homenajear al pibe de San Martín de Burzaco Emanuel Ortega dándole una linda despedida y demostrar que no somos rehenes de los que fomentan la violencia desmedida.

Fue todo lo contrario, y se terminó convirtiendo en un violento cachetazo al fútbol mientras el Superclásico se desangraba a un costado. Hoy en el mundo, y en muchos de los que disfrutamos el fútbol, hay una profunda tristeza y desagrado. Que se generan al tener en claro que esto que pasó no tiene nada que ver con la esencia y el espíritu amateur del fútbol, que no refleja un nivel digno de los dos mejores clubes profesionales de Primera División y que para nada tiene que ver con lo que el hincha de River, de Boca y del fútbol en general desea. Aun así, nos toca a todos nosotros saborear la amarga e indignante sensación de injusticia, impotencia y derrota que deja el saber que por culpa de unos pocos, pagan todos.

Aunque es lo que seguramente ocurrirá, no sé si cortarle la cabeza a Boca será la solución. Determinará un precedente, sin dudas. Tampoco sé si lo correcto será que paremos la pelota, pero sí hay que parar urgente a los que la lastiman impunemente. Y los orígenes verdaderos de ese cáncer que lentamente la consume y la devora, no son de ahora. El escándalo quizá es nuevo, pero el problema es viejo. Quizá sorprende porque ya alcanzó a River y a Boca con el agravante de ser en un plano internacional, pero en realidad es suena más a la parte final de un oscuro y retorcido réquiem que los orquestadores de este tipo de maniobras empezaron a tocar hace varias décadas. Sabemos desde siempre que el fútbol se juega con los pies, y la guerra de poder, con “patotas”. Lo preocupante es cuando se entremezclan en el contexto sabiendo que no hay atrocidad alguna a la que ciertos intereses espurios no estén dispuestos. Y esto viene sucediendo hace mucho tiempo. Pero esto fue el colmo. Para los amantes del fútbol, esta crisis pareciera habernos arrastrado a todos y sentimos que hemos tocado fondo.

Antes se buscaba un chivo expiatorio, pero esta vez no pueden echarle la culpa a los jugadores, ni a la gente. Todo el sistema organizativo y de control falló. Y ahora, algunos inoperantes -de la escuela de Berni y compañía- buscarán desligarse de responsabilidades apuntando a otros igual de inoperantes, porque en medio del “tole tole” que este bochorno genera impera el “sí puedo me salvo, sálvese quién pueda”. Pero no bastará, con el guiño cómplice de ese acto hipócrita no harán más que reafirmar que son igual de culpables.

Si todo esto era algo que antes preocupaba, ahora es algo que alarma. Porque no solo mataron impunemente un Superclásico, sino al más esperado. Y lo que más preocupa es que se busca desviar el foco en lugar de llegar bien al fondo. Mi sensación es que hay cosas que pasan, y otras que las dejan pasar.

Dicen que no hay mal que por bien no venga, espero, por el bien de todos, que esto que pasó sea el principio del fin. Que la gravedad del asunto nos empuje a todos a buscar una solución de fondo para neutralizar las absurdas consecuencias de la relación entre violentos y poderosos antes de que se pierda toda esperanza de salir pozo para torcer a favor del fútbol -y del sentido común- la balanza.

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