No fue un mensaje aislado. Tampoco quedó en un grupo. En los últimos días, frases sobre supuestos tiroteos empezaron a circular entre estudiantes de escuelas secundarias de Catriel y encendieron una alarma real.
Lo que para algunos fue una “joda”, para otros generó miedo. Y para las autoridades, activó protocolos. La reacción no tardó: desde Educación difundieron un mensaje claro y sin matices. No es un juego. Es un delito.
Los textos que se viralizaron incluían advertencias como “mañana hay tiroteo en la escuela”, “no se salva nadie” o “voy a ir armado”. Aunque no haya un plan concreto detrás, el solo hecho de difundirlos puede derivar en consecuencias legales.
Según explicaron, estas conductas pueden encuadrarse como intimidación pública, amenazas o apología del delito, y alcanzan a jóvenes desde los 14 años, edad en la que -desde septiembre proximo- ya existe responsabilidad penal en Argentina.
Pero el punto más fuerte del mensaje es otro: no solo responde quien escribe. También puede quedar involucrado quien comparte. En ese circuito, lo que sigue no es virtual: puede haber intervención policial, identificación del autor, secuestro de celulares y citaciones a las familias.
El caso también dejó expuesto cómo funcionan estas cadenas. Un mensaje se reenvía, alguien lo toma como cierto, el miedo escala y el sistema responde. En ese proceso, la intención queda en segundo plano. “No importa si era broma. La ley no distingue cuando se genera pánico”, remarcaron.
Frente a este escenario, el pedido fue directo: cortar la circulación. No reenviar, no amplificar y avisar a adultos o autoridades ante cualquier contenido de este tipo.
Porque en contextos como este, lo que empieza como un mensaje más puede escalar rápido. Y cuando eso pasa, las consecuencias dejan de ser virtuales.
