En Catriel, esta semana, alguien escribió un mensaje en una mesa de la escuela. No hubo un arma. No hubo un ataque. Pero alcanzó para activar un protocolo, llamar a la Policía y preocupar a toda una comunidad.
Y eso ya dice bastante.
Porque cuando una frase escrita en una escuela alcanza para encender todas las alarmas, el problema no es solo lo que se escribió. Es todo lo que hay detrás.
Lo que pasó en Catriel no es un hecho aislado. Durante abril, Argentina atraviesa una ola de amenazas en establecimientos educativos. En Río Negro, hasta el miércoles 22 de abril el Ministerio de Educación confirmó amenazas en 120 colegios, una cifra que encendió alertas en toda la provincia.
Nuestra ciudad tampoco quedó al margen. Hubo activación de protocolos en varios secundarios y también en la Escuela 204. En algunos casos se pidió asistir sin mochilas, solo con carpetas y útiles. En otros, se reforzó la presencia policial en horarios de ingreso y salida.
Son medidas necesarias. Pero no alcanzan. Porque el problema no empieza en los mensajes… y tampoco termina en los protocolos.
La pregunta más importante es otra: ¿por qué aparecen estos mensajes?
La periodista Silvina Ojeda lo resumió con una frase simple y potente: “una amenaza no empieza en una frase. Empieza mucho antes”.
Antes del mensaje, muchas veces hubo algo que nadie vio. Antes de la amenaza, muchas veces hubo algo que nadie escuchó. Y ahí el problema deja de ser de una sola persona para convertirse en una responsabilidad compartida.
Hay chicos y chicas en Catriel —como en cualquier ciudad— creciendo en una época difícil. En casas donde muchas veces se llega con lo justo. En familias atravesadas por preocupaciones económicas. En una sociedad donde el cansancio, la ansiedad y la incertidumbre ya forman parte de lo cotidiano.
Y también en redes sociales donde todo circula rápido: violencia, burlas, exageración, anonimato. En ese mundo, donde muchas veces parece que nada tiene consecuencias, decir algo extremo puede parecer una joda, un desafío o una forma de llamar la atención. Pero no lo es.
Un mensaje aparece, alguien lo captura, otro lo comparte y en pocas horas ya está por todos lados. A veces no nace de la maldad. A veces nace de la necesidad de ser visto, de figurar, de sentirse parte. Y eso tampoco nace en internet. Muchas veces nace en la soledad, en broncas guardadas, en frustraciones, en cosas que no se saben decir. A veces un mensaje así es una forma equivocada de pedir atención.
En medio de esta crisis, una presidenta de centro de estudiantes dijo algo que merece ser escuchado: “Más que hablar de las amenazas, tenemos que hablar de cómo es habitar hoy un colegio secundario”.
Y siguió hablando de familias que no llegan a fin de mes, de jóvenes que deben elegir entre salir, estudiar o cuidar gastos básicos, de salud mental postergada, de violencia cotidiana y de escuelas que deberían ser refugio, pero muchas veces también reciben toda esa tensión social.
Ahí hay una verdad incómoda. Lo que entra a la escuela muchas veces no nace en la escuela. Entra desde la casa, desde la calle, desde las redes, desde el clima social. Y la escuela queda en el medio. Contiene, escucha, detecta señales, pone límites. Pero también muchas veces está desbordada y tratando de resolver mucho más de lo que puede.
Por eso también entre las familias aparecen miradas distintas. Hay quienes entienden que se trata de un problema complejo y acompañan espacios de diálogo. Otros lo reducen a disciplina o cargan toda la responsabilidad sobre docentes y directivos. Pero ninguna escuela puede sola. Y sin embargo, sigue siendo uno de los pocos lugares donde algo distinto puede pasar. Donde alguien puede frenar y preguntar de verdad: ¿Qué te pasa?
También hay señales buenas. En una escuela de Santa Fe, estudiantes decidieron responder de otra manera. Frente a amenazas parecidas, hicieron un video con un mensaje claro: no a la violencia, sí al cuidado de la escuela. No repitieron el miedo. No siguieron la cadena. Lo transformaron.
Ahí hay una enseñanza. No porque resuelva todo, sino porque muestra otro camino: usar las mismas redes y las mismas herramientas, pero para construir en vez de romper.
En Catriel, mientras tanto, seguimos reaccionando. Y está bien. Hay que hacerlo. Pero también habría que animarse a preguntas más difíciles: ¿Cuántas señales estamos viendo tarde? ¿Cuántas cosas pasan antes de ese mensaje en una mesa? ¿Cuánto estamos escuchando de verdad?
Porque cuando una amenaza aparece, muchas veces el problema ya venía de antes.
Y si seguimos mirando recién cuando todo explota, vamos a seguir llegando tarde.
Elio Carrasco
Ex estudiante de la ESRN N°78
Secretario de Cooperativa Quatrifino
Director de VientoSur Noticias