La historia de cómo se construyó la rotonda de la fuente de Catriel

Un testimonio clave revive la memoria colectiva detrás de una de las obras más emblemáticas de la ciudad: desde sus inicios sin planos ni recursos, hasta su concreción con esfuerzo vecinal y solidaridad.

En agosto de 1979, pocos meses después de haber asumido como intendente el Dr. Eduardo Marchiolli –el 19 de junio, en reemplazo del ingeniero García Gambino– comenzó una obra que hoy forma parte del paisaje simbólico catrielense. La rotonda, situada en el punto de partida de cuatro de nuestras avenidas centrales (Gral. San Martín, Roque S. Peña, Gral. Mosconi e Hipólito Yrigoyen), se planificó con un diámetro de 20 metros y una altura superior a los 6 metros.

“No tuvimos planos con detalles ni cálculos: solo un dibujo, una silueta. Tuve que agudizar el ingenio…”, recordó Rodolfo Andrés Sánchez, constructor de oficio, uno de los que se responsabilizó de la obra iniciada el 1° de agosto de 1979. Desde el primer día, se generó una mística entre el equipo: Carlos Carrasco, Hipólito Quiróz, Isidoro Guzmán, José Fernández, Celso Carrasco y él mismo, unidos en un desafío de coraje y pocos elementos —dos tenazas, martillos, serruchos, cintas métricas y tres palas—.

La obra se financió de forma creativa: hierro recuperado del corralón municipal, cemento aportado por YPF, puntales y soleras cortesía de la empresa DEYCO, y una mínima compra de clavos y alambre. Vecinos como Bronislaw Kidyba, Domingo Castaño, Francisco Protti y Ojeda sumaron apoyo: desde orientación en carpintería, hasta la donación de una hormigonera y agua fresca para los trabajadores.

El día más exigente llegó con el hormigonado de las “patas” de la rotonda, que demandó más de 12 horas de esfuerzo manual cargando baldes y destrezas conjuntas. Sánchez no olvida los ayudantes que se sumaron voluntariamente: empleados municipales como Prudencio Cerna, Anselmo Espinosa, Juan Pardo, Irineo Fernández, Julio Centeno, Clemente Velázquez, además de Aldo Batoia, encargado del revestimiento de granito junto a Gerónimo; y los hermanos Atilio, Javier y Prosperino Pincheira con Juan Domingo Buzzi, quienes “aportaron sudor al hormigón”. El detalle técnico –realizado sin costo– quedó en manos de Domingo Cavalotto, que fabricó los picos en bronce y cobre para los aspersores de agua.

Sánchez escribió el relato el día que los Muraleros del Viento intervinieron la fuente. (Archivo).

Este proyecto comunitario, impulsado por un grupo entusiasmado por dejar una huella persistente, se terminó en noviembre de 1979 y se inauguró solemnemente el 20 de noviembre. Años más tarde, el colectivo Los Muraleros del Viento aportó vida y color a la estructura.

«Latía en el corazon de los empleados municipales y vecinos que nos involucramos en esta obra; el espiritu y el convencimiento, que estabamos construyendo algo que iba a perdurar en el tiempo y ademas resulto ser algo que identifico a nuestro Catriel, en tiempos que estabamos huerfanos de monumentos y obras significativas. Terminamos la obra civil en los primeros dias de noviembre del ’79 y fue inaugurada el 20 de noviembre de ese año», remató su relato Sánchez.

Hoy, la fuente no es solo un monumento: es un testimonio vivo de cooperación, creatividad y amor por Catriel. En este aniversario, saludamos con gratitud a quienes la pensaron, la trabajaron, la construyeron… y siguen haciéndola nuestra.

*El relato fue compartido por Rodolfo Andrés Sánchez, uno de los trabajadores que dio forma a esta emblemática construcción. Agradecemos profundamente a su hija, Marisol, por permitirnos recuperar y difundir esta memoria viva de Catriel, que sigue inspirando a nuevas generaciones.