En los últimos tiempos, el término “therian” comenzó a circular con más frecuencia en redes sociales, especialmente entre jóvenes y adolescentes. Videos, debates y comentarios cruzados despertaron curiosidad, dudas y, en algunos casos, reacciones cargadas de prejuicio. ¿De qué se trata realmente esta cultura? ¿Es una moda, un riesgo, una identidad? Y, sobre todo, ¿por qué vale la pena entenderla incluso en una ciudad como Catriel?
Qué es la cultura therian
La cultura therian refiere a personas que expresan una identificación interna, psicológica o simbólica con un animal no humano, al que suelen llamar theriotype. No se trata de creer que el cuerpo físico sea animal ni de negar la condición humana. Tampoco implica, en la gran mayoría de los casos, conductas visibles en el espacio público.
Es, ante todo, una forma de nombrar una vivencia subjetiva: sensaciones, rasgos de personalidad, emociones o modos de percibir el mundo que la persona asocia a un animal. Para algunos es una experiencia profunda; para otros, un marco simbólico que ayuda a entenderse mejor.
De dónde surge y por qué aparece
El concepto empezó a tomar forma en comunidades digitales angloparlantes en los años 90, pero su expansión real llegó con las redes sociales. Plataformas como TikTok, Instagram o Discord facilitaron el encuentro entre personas con experiencias similares y aceleraron la visibilidad del fenómeno.
No es casual que aparezca con fuerza en adolescentes y jóvenes. Psicólogos y especialistas en educación señalan que muchas expresiones therian se inscriben en procesos normales de exploración identitaria, búsqueda de pertenencia y necesidad de lenguaje para expresar emociones complejas. En ese sentido, la cultura therian no puede separarse del contexto actual: identidades más flexibles, fuerte presencia digital y comunidades que se construyen en línea.
Desde una perspectiva más amplia, el fenómeno therian puede leerse como una expresión contemporánea de una idea mucho más antigua: el teriantropismo o teriomorfismo, presente en múltiples culturas a lo largo de la historia. Este concepto refiere a la representación simbólica o espiritual del vínculo entre lo humano y lo animal, visible en mitologías, cosmovisiones originarias y prácticas chamánicas. A diferencia de esas formas tradicionales —colectivas y rituales—, los therians actuales expresan esa conexión como una vivencia identitaria individual, sin plantear transformaciones físicas ni constituir una religión o práctica institucionalizada, sino como una manera personal de explicar sentimientos, percepciones o rasgos profundos de identidad.
Lo que no es (y conviene aclarar)
Parte de la confusión pública surge por asociaciones erróneas. La cultura therian:
No es una enfermedad mental ni un diagnóstico clínico. No implica delirio ni pérdida de contacto con la realidad. No es lo mismo que la subcultura furry, que es artística y recreativa. No está ligada al maltrato animal ni a conductas violentas. Informar sin estas aclaraciones básicas suele llevar al ridículo o al alarmismo, dos atajos que empobrecen el debate.
Cómo se vive en lo cotidiano
La mayoría de las personas therian estudian, trabajan y se vinculan socialmente sin dificultades. Su identidad no suele ocupar el centro de la vida diaria ni reemplaza otros roles. En muchos casos, se expresa de forma íntima, creativa o en espacios virtuales seguros.
Desde las ciencias sociales, se la analiza como una expresión cultural contemporánea, más cercana a un lenguaje simbólico que a una ruptura con la realidad. No hay una única explicación, pero sí un consenso: patologizar automáticamente no ayuda a comprender.
¿Y qué tiene que ver con Catriel?
Aunque la cultura therian se visibiliza sobre todo en grandes plataformas digitales, no es ajena a ciudades pequeñas o medianas. Catriel, como muchas localidades, tiene adolescentes hiperconectados, escuelas atravesadas por debates nuevos y adultos que, muchas veces, reciben estos temas sin herramientas para interpretarlos.
El desafío local no es “estar a favor” o “en contra” de una identidad, sino saber cómo abordarla. En el aula, en la familia o en la comunidad, la clave está en escuchar sin burlas, no sobreactuar, observar si hay malestar real y, sobre todo, cuidar a la persona antes que discutir la etiqueta.
Una lectura desde lo local
Aunque no se registraron convocatorias formales en Catriel, el impacto regional del tema atraviesa a la comunidad. Escuelas, familias y espacios juveniles se ven interpelados por debates que no siempre cuentan con herramientas para ser abordados con serenidad. Referentes educativos remarcan que escuchar, no patologizar de forma automática y observar posibles situaciones de vulnerabilidad real es más efectivo que reaccionar desde el rechazo o la burla.
La cultura therian no define a una generación ni constituye un fenómeno masivo, pero sí funciona como un síntoma de época: identidades más flexibles, centralidad de lo digital y nuevas formas de nombrar experiencias subjetivas. Entenderla no implica promoverla ni negarla, sino informar con responsabilidad.
En un contexto regional donde el tema ya salió de las pantallas y llegó a las plazas, el desafío para comunidades como la nuestra es evitar respuestas simplistas. Comprender antes de juzgar sigue siendo una de las claves para convivir en sociedades cada vez más diversas y atravesadas por transformaciones culturales profundas.
