Murió el Indio Solari: el país despide a una voz que convirtió el rock en identidad popular

El exlíder de Los Redondos falleció a los 77 años. Su obra atravesó generaciones, mezcló poesía, política, misterio, multitudes y controversias. En Río Negro, Weretilneck también lo despidió.

Murió Carlos Alberto “Indio” Solari, una de las figuras más influyentes, queridas y discutidas de la cultura argentina. El exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció a los 77 años, después de años de convivir con Parkinson, enfermedad que lo había alejado de los escenarios.

La noticia golpeó de lleno en varias generaciones. Porque el Indio no fue solamente un cantante de rock. Fue la voz de una forma de estar en el mundo: poética, marginal, desconfiada del poder, incómoda para la industria y profundamente popular. Sus canciones no solo se escucharon. Se cantaron como contraseña, como bandera y como refugio.

Con Los Redondos, Solari construyó junto a Skay Beilinson, la Negra Poli y una formación cambiante de músicos una de las experiencias más singulares del rock argentino. La banda nació en la escena alternativa de La Plata y pasó de los márgenes a la masividad sin perder del todo ese aire de misterio, autonomía y comunidad cerrada que la volvió única.

Discos como Gulp!, Oktubre, Un baión para el ojo idiota, ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado, Lobo suelto, cordero atado y Luzbelito marcaron a fuego la historia del rock nacional. Las letras del Indio, muchas veces crípticas y cargadas de imágenes políticas, callejeras y existenciales, hicieron que cada canción pudiera leerse de muchas maneras. Esa ambigüedad fue parte de su potencia.

Pero lo que terminó de convertir a Los Redondos en fenómeno fue su público. La llamada “misa ricotera” no fue solo una frase de fanáticos: fue una experiencia colectiva de pertenencia. Miles de personas viajaban de una ciudad a otra para verlos, como si cada recital fuera una ceremonia propia. En ese vínculo, el Indio encontró una devoción pocas veces vista en la música argentina.

También hubo sombras. La historia ricotera quedó atravesada por hechos dolorosos, como la muerte de Walter Bulacio en 1991, después de una razzia policial vinculada a un recital de Los Redondos en Obras. Años más tarde, en 2017, el último show presencial del Indio en Olavarría terminó con dos personas fallecidas y abrió una discusión pública sobre la masividad, la organización, la seguridad y los límites de un fenómeno que parecía no entrar en ningún molde.

La separación de Los Redondos, en 2001, dejó una herida abierta que nunca terminó de cerrar. Durante años, los seguidores esperaron una reunión que jamás ocurrió. Hubo rumores, guiños, declaraciones cruzadas y momentos que alimentaron la ilusión, pero el regreso de la formación central nunca se concretó. La banda quedó detenida en el imaginario popular como una leyenda inconclusa: todos la esperaban, nadie pudo verla volver.

Después de ese final, el Indio siguió su camino con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Lejos de quedar encerrado en la nostalgia redonda, construyó una carrera solista con discos como El tesoro de los inocentes, Porco Rex, El perfume de la tempestad, Pajaritos, bravos muchachitos y El ruiseñor, el amor y la muerte. Su convocatoria siguió siendo enorme y sus recitales volvieron a reunir multitudes.

En sus últimos años, la enfermedad modificó su presencia pública, pero no apagó su vínculo con los ricoteros. Participó a través de videos, mensajes grabados y apariciones virtuales en shows de Los Fundamentalistas. Cada aparición era recibida como un acontecimiento. No hacía falta que estuviera físicamente sobre el escenario para que el público sintiera que el Indio seguía ahí.

Solari también fue una figura política, aunque nunca se dejó encasillar del todo. Se mostró cercano a ideas nacionales y populares, defendió la participación política de los jóvenes, cuestionó al poder económico y expresó simpatías por el kirchnerismo. También fue crítico del gobierno de Javier Milei. Sus posiciones generaron adhesiones, rechazos y debates, como suele ocurrir con los artistas que no eligen la neutralidad como refugio.

En la Patagonia, su muerte también tuvo repercusión institucional. El gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, publicó un mensaje de despedida en el que definió al Indio como una de las figuras más influyentes de la música argentina.

“Con su obra junto a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y luego como solista, construyó una identidad artística única, capaz de atravesar generaciones y convertirse en parte de la historia cultural de nuestro país”, expresó el mandatario provincial.

El saludo de Weretilneck sintetiza algo que excede la música. El Indio fue parte de la memoria colectiva argentina. En ciudades grandes y chicas, en barrios obreros, en pueblos petroleros, en rutas, en mochilas, en radios de autos y en juntadas de amigos, sus canciones formaron parte de una educación sentimental compartida.

Por eso su muerte no se vive solo como la pérdida de un artista. Para millones, es el cierre de una época. El Indio fue poesía y multitud, misterio y contradicción, belleza y exceso, independencia y masividad. Fue una voz que incomodó, emocionó y acompañó.

Se va el hombre. Queda el mito. Y quedan canciones que seguirán sonando cada vez que alguien necesite decir, sin explicar demasiado, que todavía hay algo por resistir.