Catriel: cuando una amenaza en la escuela es solo la punta del problema

En Catriel, esta semana, alguien escribió un mensaje en una mesa de la escuela. No hubo un arma. No hubo un ataque. Pero alcanzó para activar un protocolo, llamar a la Policía y preocupar a toda una comunidad.

Y eso ya dice bastante.

Porque cuando una frase escrita en una escuela alcanza para encender todas las alarmas, el problema no es solo lo que se escribió. Es todo lo que hay detrás.

Lo que pasó en Catriel no es un hecho aislado. Durante abril, Argentina atraviesa una ola de amenazas en establecimientos educativos. En Río Negro, hasta el miércoles 22 de abril el Ministerio de Educación confirmó amenazas en 120 colegios, una cifra que encendió alertas en toda la provincia.

Nuestra ciudad tampoco quedó al margen. Hubo activación de protocolos en varios secundarios y también en la Escuela 204. En algunos casos se pidió asistir sin mochilas, solo con carpetas y útiles. En otros, se reforzó la presencia policial en horarios de ingreso y salida.

Son medidas necesarias. Pero no alcanzan. Porque el problema no empieza en los mensajes… y tampoco termina en los protocolos.

La pregunta más importante es otra: ¿por qué aparecen estos mensajes?

La periodista Silvina Ojeda lo resumió con una frase simple y potente: “una amenaza no empieza en una frase. Empieza mucho antes”.

Antes del mensaje, muchas veces hubo algo que nadie vio. Antes de la amenaza, muchas veces hubo algo que nadie escuchó. Y ahí el problema deja de ser de una sola persona para convertirse en una responsabilidad compartida.

Hay chicos y chicas en Catriel —como en cualquier ciudad— creciendo en una época difícil. En casas donde muchas veces se llega con lo justo. En familias atravesadas por preocupaciones económicas. En una sociedad donde el cansancio, la ansiedad y la incertidumbre ya forman parte de lo cotidiano.

Y también en redes sociales donde todo circula rápido: violencia, burlas, exageración, anonimato. En ese mundo, donde muchas veces parece que nada tiene consecuencias, decir algo extremo puede parecer una joda, un desafío o una forma de llamar la atención. Pero no lo es.

Un mensaje aparece, alguien lo captura, otro lo comparte y en pocas horas ya está por todos lados. A veces no nace de la maldad. A veces nace de la necesidad de ser visto, de figurar, de sentirse parte. Y eso tampoco nace en internet. Muchas veces nace en la soledad, en broncas guardadas, en frustraciones, en cosas que no se saben decir. A veces un mensaje así es una forma equivocada de pedir atención.

En medio de esta crisis, una presidenta de centro de estudiantes dijo algo que merece ser escuchado: “Más que hablar de las amenazas, tenemos que hablar de cómo es habitar hoy un colegio secundario”.

Y siguió hablando de familias que no llegan a fin de mes, de jóvenes que deben elegir entre salir, estudiar o cuidar gastos básicos, de salud mental postergada, de violencia cotidiana y de escuelas que deberían ser refugio, pero muchas veces también reciben toda esa tensión social.

Ahí hay una verdad incómoda. Lo que entra a la escuela muchas veces no nace en la escuela. Entra desde la casa, desde la calle, desde las redes, desde el clima social. Y la escuela queda en el medio. Contiene, escucha, detecta señales, pone límites. Pero también muchas veces está desbordada y tratando de resolver mucho más de lo que puede.

Por eso también entre las familias aparecen miradas distintas. Hay quienes entienden que se trata de un problema complejo y acompañan espacios de diálogo. Otros lo reducen a disciplina o cargan toda la responsabilidad sobre docentes y directivos. Pero ninguna escuela puede sola. Y sin embargo, sigue siendo uno de los pocos lugares donde algo distinto puede pasar. Donde alguien puede frenar y preguntar de verdad: ¿Qué te pasa?

También hay señales buenas. En una escuela de Santa Fe, estudiantes decidieron responder de otra manera. Frente a amenazas parecidas, hicieron un video con un mensaje claro: no a la violencia, sí al cuidado de la escuela. No repitieron el miedo. No siguieron la cadena. Lo transformaron.

Ahí hay una enseñanza. No porque resuelva todo, sino porque muestra otro camino: usar las mismas redes y las mismas herramientas, pero para construir en vez de romper.

En Catriel, mientras tanto, seguimos reaccionando. Y está bien. Hay que hacerlo. Pero también habría que animarse a preguntas más difíciles: ¿Cuántas señales estamos viendo tarde? ¿Cuántas cosas pasan antes de ese mensaje en una mesa? ¿Cuánto estamos escuchando de verdad?

Porque cuando una amenaza aparece, muchas veces el problema ya venía de antes.

Y si seguimos mirando recién cuando todo explota, vamos a seguir llegando tarde.

Elio Carrasco

Ex estudiante de la ESRN N°78

Secretario de Cooperativa Quatrifino

Director de VientoSur Noticias

Activistas rusos en el exterior denuncian presiones: el caso Rudnev en Argentina

Activistas rusos en el exterior denuncian presiones: el caso Rudnev en Argentina

ONG y redes de apoyo alertan sobre un patrón de persecución transnacional que alcanza a disidentes fuera de Rusia. En Buenos Aires, el caso de Konstantín Rudnev reaviva el debate sobre garantías procesales y geopolítica.

Un problema global: disidencia, exilio y fronteras porosas

La defensa del derecho al asilo y la libertad de pensamiento atraviesa hoy un terreno minado por tensiones geopolíticas. En los últimos años, diversas organizaciones de derechos humanos han advertido sobre el avance de la persecución transnacional: tácticas mediante las cuales Estados con tendencias autoritarias intentan silenciar, disuadir o castigar la disidencia más allá de sus fronteras. Tras la invasión a Ucrania en 2022, cientos de activistas, periodistas y opositores rusos se desplazaron a terceros países en busca de protección. El exilio, sin embargo, no siempre garantiza seguridad: se han documentado detenciones, cancelaciones de visados, difamaciones y presiones consulares que complejizan los procesos de protección internacional.

El caso Rudnev: una discusión que llegó a Buenos Aires

En este contexto, el expediente de Konstantín Rudnev en Argentina impactó en redes de apoyo a la diáspora rusa. Según su entorno, Rudnev participó en movilizaciones pacíficas y manifestó una postura antibelicista, algo que —sostienen— quedó reflejado en publicaciones y coberturas de activistas como Misha Siberia. Tras un paso por Montenegro, decidió radicarse en Buenos Aires, donde fue detenido en marzo bajo cargos de trata de personas. La presunta víctima, de acuerdo con lo informado por allegados, negó haber sufrido delitos vinculados a él, lo que abrió un debate público sobre la consistencia probatoria, la presunción de inocencia y los posibles impactos de factores externos en la causa.

La controversia llegó también al terreno de la comunicación pública. En un video, la esposa de Rudnev expresó su preocupación por la eventual influencia de actores extranjeros en la causa judicial.

“Es la mano del Kremlin. Sé que es la influencia de Moscú, que ha llegado hasta Argentina”.

Más allá de lo que resuelvan los tribunales, el caso ya funciona como prisma: muestra cómo la disputa por la libertad de expresión y la seguridad de los disidentes se dirime también en países de acogida de América Latina.

Persecución internacional de opositores: patrones y alertas

Organizaciones civiles y medios internacionales vienen registrando un patrón que combina vigilancia, hostigamiento judicial y presiones diplomáticas sobre críticos del Kremlin en diferentes jurisdicciones. La diáspora cultural —artistas, investigadoras, periodistas— no es ajena a esta dinámica. Aun cuando en ocasiones intervenciones consulares o la visibilidad mediática facilitan excarcelaciones o mejoras procesales, el cuadro general mantiene en alerta a quienes trabajan en defensa del derecho a migrar por motivos políticos y del principio de no devolución (non-refoulement), que impide enviar a una persona a un país donde corre riesgo de persecución.

Garantías procesales y estándares democráticos

Argentina, al igual que otros países firmantes de tratados humanitarios, asumió compromisos en materia de asilo y debido proceso. Eso implica que, ante casos con aristas políticas transnacionales, el sistema judicial debe acreditar rigurosamente la existencia de delitos comunes y blindar la investigación frente a influencias externas. La presunción de inocencia, la producción de prueba robusta y la publicidad de los actos procesales (cuando no afecten la integridad de las personas) son condiciones esenciales para sostener estándares democráticos.

El de Rudnev es, en ese sentido, un caso testigo que tensiona equilibrios: ¿cómo garantizar justicia plena cuando la geopolítica toca la puerta de los tribunales? La respuesta exige transparencia, control ciudadano y debate informado. Y demanda, también, que la discusión pública evite simplificaciones: ni la paranoia conspirativa ni la negación de riesgos favorecen a las instituciones.

De Sudamérica al mundo: lo que está en juego

La defensa de disidentes no es un asunto “externo” a nuestras sociedades. Es parte de los compromisos más elementales con los derechos humanos y la libertad de pensamiento. Los países receptores necesitan políticas claras para tramitar casos sensibles, marcos de cooperación judicial que no se presten a instrumentalizaciones y protocolos de protección para activistas en riesgo. Al mismo tiempo, resulta clave que las redes de apoyo y los medios locales aporten contexto, verificación y seguimiento periodístico.

Una invitación a la ciudadanía

Mientras el expediente judicial sigue su curso, distintas voces llaman a mantener la mirada puesta en los estándares de derechos humanos. Promover instancias de observación independiente, recabar información pública y exigir explicaciones claras a cada actor institucional son pasos concretos para sostener una justicia confiable.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿están preparadas las democracias para garantizar justicia plena cuando los conflictos globales se filtran en causas locales?

Opinión: La memoria colectiva como cimiento de la identidad catrielense

*Por Alejandra Valdez – Lic. en Trabajo Social

Acerca de la idea de Identidad de los pueblos. Hace unos días vengo pensando en el concepto de Identidad, en todo lo que encierra y contiene, en su dinamismo y también en aquellos aspectos que permanecen estáticos al pasar del tiempo. Pensé fuertemente en lo complejo y en el tiempo que lleva poder definir la Identidad de un pueblo, que aún cuando se logre en algún momento, solo es un punto de partida, un punto de referencia para algo que cambia constantemente, precisamente por el dinamismo que la caracteriza.

En sentido amplio, la identidad cultural está estrechamente ligada al sentido de pertenencia a un grupo social, ese sentido que permite a las personas que lo conforman autodefinirse y diferenciarse de otros colectivos. “…Es una construcción social dinámica, influenciada por las interacciones cotidianas y la memoria colectiva, que genera un sentimiento de unidad y forma la manera de vivir individual y colectiva…”

Siguiendo estas ideas y definiciones, los interrogantes iniciales serían: ¿cuáles son las construcciones sociales que generan el sentimiento de unidad en las personas de nuestro pueblo? ¿cuáles son los espacios que representan y convocan a la memoria colectiva? Para responder a estos interrogantes, seguramente sería necesario un trabajo de investigación, análisis y sistematización bastante exhaustivo, de entrevistas con personas que en Trabajo Social se denominan informantes claves: “…personas con profundo conocimiento y experiencia de la comunidad, que actúa como fuente de información esencial, facilitando el acceso a otros miembros del grupo y contexto social en general…” También sería necesario detectar y acceder a fuentes de información de diferentes espacios, instituciones, organizaciones sociales, etc.

En esta oportunidad, y solo a los fines de ingresar en este análisis profundo que requiere definir la identidad cultural de un pueblo, específicamente refiriendo al de nuestro Catriel, haré referencia a lo que me ha tocado vivir en relación a un espacio que, sin duda alguna, ha sido parte de la historia de los últimos cincuenta años de muchas de las personas que habitan este suelo: nuestro viejo Hospital Catriel. En términos de memoria colectiva, es un espacio que albergó infinidad de historias comunes. Todos/as quiénes formamos parte de esta comunidad en las últimas cinco décadas hemos pasado alguna o muchas veces por esa institución de salud. En menor o mayor medida podemos contar alguna anécdota o vivencia. Y aún más, la gran mayoría hemos sufrido como una herida propia el incendio y pérdida significativa del predio que supo ser testigo de tantas historias de vida, de sufrimiento, de muerte y tanto más.

Aún así, y con lo que aún duele pasar y ver esas ruinas, también podemos decir que somos un pueblo que no exige con fuerza la posibilidad de preservar los patrimonios históricos que nos aportan identidad y dotan de historicidad nuestro suelo. No existe un solo espacio donde se recopile nuestra vasta historia, la que data de hace más de 100 años, con todos sus cambios, con todas sus singularidades, con todas sus voces. Nos debemos esa lucha y el registro serio de las voces que aún pueden contar cómo ha sido este camino, esta construcción social que somos hoy.

En conclusión, y a modo de dar inicio a una discusión y análisis más profundo para dar respuesta a los dos interrogantes planteados inicialmente, considero que es largo el camino, que serán necesarias muchas decisiones colectivas y una fuerte convicción de construir una memoria colectiva que genere cohesión en las personas que nos reconocemos pertenecientes a una historia común como pueblo catrielense. La percepción es que existe un fuerte deseo de esta construcción en muchos/as de nosotros: será solo iniciar y empezar a recorrer este camino de ida, trazar y dejar huella que sea guía para una continua y enriquecedora experiencia de edificar la historia colectiva que nos hace ser quienes somos.

Catriel frente al espejo: violencia, impunidad y una deuda histórica

El reciente caso ocurrido en Catriel, donde una mujer fue golpeada por dos hombres que la acusaban de reiterados robos, desató una fuerte ola de reacciones. La escena fue filmada, viralizada y, en muchos casos, celebrada. No pocos usuarios en redes sociales justificaron el ataque y compartieron el video como si se tratara de una muestra de justicia. Una escena cruda, donde el castigo físico se vuelve espectáculo y donde la violencia deja de ser un límite para convertirse en mensaje. ¿Qué significa esto como sociedad?

Es importante decirlo con claridad: el enojo de los vecinos ante hechos reiterados de inseguridad es legítimo. No es menor el daño que genera vivir expuestos a robos, amenazas o violencias cotidianas, muchas veces protagonizadas por las mismas personas, en contextos donde el sistema institucional no logra dar respuesta. Esa también es una forma de violencia, estructural y persistente, que erosiona el bienestar y la confianza colectiva. Genera miedo y enojo que se acumulan. Sin embargo, que el malestar sea comprensible no vuelve aceptable cualquier respuesta.

Recientemente, la mujer agredida presentó una denuncia por lesiones ante la Fiscalía descentralizada de Catriel. La causa investiga tanto la agresión sufrida como el presunto robo que habría motivado el ataque. Según fuentes judiciales, el inicio efectivo de la investigación contra el agresor se produjo luego de su exposición mediática en una entrevista radial, en la que defendió su accionar y expresó su frustración por la falta de respuestas institucionales. Esta secuencia evidencia cómo, ante el vacío estatal, la violencia se convierte en vía rápida pero peligrosa para resolver conflictos.

Porque cuando la reacción es el linchamiento, el escarnio público o la viralización de la violencia como forma de justicia, se desdibuja peligrosamente el límite entre el dolor y la venganza. Se debilita el Estado de derecho.  No está bien que se ejerza la justicia a los golpes. No hay delito contra la propiedad que justifique la golpiza. Ni persona —por más sospechada o rechazada socialmente que esté— que merezca ser convertida en blanco de una turba o un video viral.

El video viral, más que una simple muestra de indignación colectiva, terminó siendo la pieza clave para iniciar una investigación penal. Sin embargo, hasta que el agresor no dio una entrevista radial justificando su accionar, las imágenes no fueron activamente consideradas por las autoridades. Este circuito —donde la presión mediática suple a la acción institucional— confirma el riesgo de legitimar la violencia como mecanismo paralelo de justicia.

Tal vez podamos pensar que tanta exposición a la violencia en redes sociales nos va acostumbrando. Nos va haciendo perder sensibilidad. Uno ve imágenes duras todos los días y, de a poco, lo insoportable se vuelve común. Esa desensibilización puede hacernos confundir justicia con revancha, y una acción peligrosa con castigo ejemplar. Lo que antes nos horrorizaba, hoy se comparte como meme o como “mensaje ejemplarizante”. Esa confusión entre justicia y revancha nos enfrenta a un riesgo mayor: legitimar la violencia como método de resolución de conflictos.

El caso de Catriel no es un hecho aislado. Se inscribe en un contexto social, institucional y judicial cada vez más tenso. En los últimos meses, la ciudad ha sido escenario de robos, episodios de violencia urbana y homicidios que han generado preocupación creciente. El reciente caso de una familia víctima de un robo en plena madrugada, registrado por cámaras de seguridad y viralizado por redes, es otro reflejo de esa vulnerabilidad. Aunque aún no se confirmó una denuncia formal, el hecho se transformó en símbolo del cansancio colectivo. Los videos circulan como pruebas sociales de ese hartazgo: para muchos, son la única forma de visibilizar lo que sienten que nadie escucha.

Ese hartazgo, vale insistir, tiene raíces profundas. La infraestructura de seguridad en Catriel es precaria: la comisaría principal cuenta con apenas dos o tres móviles operativos para cubrir más de diez barrios y amplias zonas rurales como Colonia Ovejero, Peñas Blancas o Lago O’Con. Hay turnos con solo siete u ocho agentes. No alcanza. No existe una subcomisaría que descongestione la Unidad 9°, y los propios efectivos deben costear insumos básicos. Muchas veces dependen de la colaboración del municipio o comercios locales para cubrir lo esencial. Aunque en 2025 se otorgó un aumento del 146% a la policía rionegrina, la mayoría de los agentes tiene salarios por debajo de la línea de pobreza. Todo esto afecta directamente la operatividad de las fuerzas.

La Comisaría de la Familia también trabaja en condiciones limitadas. Sin móvil ni personal suficiente, debe apoyarse frecuentemente en el Centro de Atención a las Víctimas de Violencia y el área municipal de Mujer, Diversidad y Género. Esta colaboración, aunque vital, se sostiene más por compromiso y voluntad de los trabajadores y las trabajadoras que por respaldo provincial. Es un esfuerzo sostenido, pero frágil. Esto evidencia la falta de inversión en garantizar una autonomía operativa real.

Esta precariedad institucional no es exclusiva del ámbito policial. Se replica también en otros sectores clave como salud y educación, donde trabajadores estatales enfrentan sobrecarga, falta de insumos, infraestructura deteriorada y contratos inestables. Estas condiciones afectan no solo su bienestar, sino también la calidad de los servicios esenciales que prestan.

La situación judicial también es crítica. La Ley Provincial K Nº 5564, que en 2022 creó un Juzgado de Familia con sede en Catriel, sigue sin implementarse. Las causas complejas deben ser derivadas a Cipolletti o General Roca. La intendenta Daniela Salzotto lo expresó: “Catriel es tierra de nadie en materia de seguridad. Pediremos más fiscales y que se ponga en marcha el Juzgado de Familia ya aprobado por la Legislatura”. Pero por ahora, todo sigue en pausa.

Si bien se han registrado avances, como la reciente reunión encabezada por la intendenta Daniela Salzotto junto a equipos técnicos del SAD AV Alto Valle Oeste para fortalecer el abordaje integral de las violencias por motivos de género, la respuesta estatal sigue siendo frágil. Se requiere que estas iniciativas no queden sólo en gestos simbólicos, sino que se traduzcan en recursos, presencia efectiva y protocolos claros.

En febrero, se designó a Georgina Garro como Defensora Adjunta de Mediación. La ciudad cuenta también con el trabajo de Myriam Bielaszczuk al frente del Juzgado de Paz. Ambas profesionales trabajan con serias limitaciones. Aunque gestionar inversión pública no es fácil, muchas veces se percibe que se priorizan ciudades con más peso electoral. Catriel, pese a su crecimiento, queda al margen.

Aunque en los últimos días el Gobierno provincial anunció una inversión histórica de 12 millones de dólares para modernizar el sistema de seguridad, la distribución concreta a nivel local aún no se conoce.

El plan contempla 480 cámaras fijas, 120 domos, 150 lectoras de patentes y más de 100 operadores capacitados. Se trata de una apuesta fuerte por la prevención tecnológica, que aún no se traduce en mejoras palpables en ciudades como Catriel. La inversión puede ser valiosa, pero para que tenga efecto real debe llegar al territorio donde más se necesita.

El Consejo Local de Seguridad Ciudadana, por ejemplo, hace rato que no se reúne. La última vez fue a fines de 2024. El Concejo Deliberante y las Juntas Vecinales, que podrían ser aliadas clave, también están excluidas del diálogo. La prevención no es solo patrullaje o cámaras: es confianza, participación y redes de cuidado.

Mientras tanto, el municipio ha impulsado medidas como los domos de vigilancia o el fortalecimiento del Centro de Monitoreo, que quedan aisladas si no hay articulación. Sin diálogo fluido con fiscalía, policía y áreas sociales, la tecnología no alcanza. Se requiere presencia estatal, protocolos claros e instituciones que funcionen. En varios de estos puntos, Catriel falla.

En casos recientes, hubo demoras en la entrega de imágenes clave para investigaciones judiciales, condicionadas por la intervención de una abogada y un asesor externo del municipio, cuya participación se asemeja más a la de ‘patrón de estancia’ que a alguien que debería respaldar el funcionamiento institucional. Ambos intervinieron en decisiones sobre acceso al Centro de Monitoreo con criterios más cercanos al control del gasto que al servicio público. Incluso llegaron a calificar la entrega de imágenes como ‘una colaboración’, cuando en realidad es un deber institucional. Las cámaras no son del gobierno de turno: son de los vecinos de Catriel.

Esta lógica, más cercana al favor discrecional que a la responsabilidad institucional, ralentiza procesos clave y expone que áreas sensibles de la seguridad están sujetas a criterios personales o políticos.

Sería clave implementar un protocolo interinstitucional obligatorio, que garantice el acceso ágil a material audiovisual en investigaciones. Ciudades como Cipolletti y Bariloche ya lo han hecho con buenos resultados.

Los déficits estructurales que enfrenta Catriel —en seguridad, justicia, servicios públicos y políticas sociales— no se deben solo a errores de gestión. También reflejan decisiones políticas, fijadas lejos del oeste rionegrino. El gobierno nacional recortó programas sociales, debilitó políticas de prevención y cerró dispositivos comunitarios. Esa lógica de castigo antes que prevención, de ajuste antes que acompañamiento, afecta a las ciudades más vulnerables.

A pesar de su crecimiento, Catriel sigue al margen de muchas inversiones públicas. Pero esto no comenzó ahora. Catriel es una eterna postergada por gobiernos de diferentes orientaciones (menemismo, kirchnerismo, macrismo y ahora mileísmo). Hay rutas sin arreglar, obras demoradas, barrios sin servicios. La deuda es estructural.

A nivel provincial, la reconversión de la industria petrolera y la pérdida de protagonismo de Catriel en relación con Vaca Muerta también inciden. A eso se suma la diferencia de signo político entre el gobierno local y la provincia. Cuando se alinean, la ciudad avanza. Cuando se enfrentan, los que pierden son los vecinos.

En este contexto, el municipio busca posicionar a Catriel como un nodo estratégico dentro del corredor bioceánico y reforzar su rol como acceso norte a Vaca Muerta, en articulación con la Cámara de Servicios Petroleros (CASEPE) y otros actores locales. Se apuesta a fortalecer el Parque Industrial y atraer inversiones productivas que diversifiquen la economía.

Sin embargo, estas proyecciones, aunque necesarias, no resuelven por sí solas las deudas estructurales que la provincia mantiene históricamente con Catriel: la falta de políticas de remediación ambiental por los pasivos de la industria petrolera; las dificultades persistentes en el acceso a la tierra, la vivienda y servicios esenciales como salud, cloacas o agua potable; y la ausencia de un plan integral de fortalecimiento social que contemple la prevención y el abordaje de los consumos problemáticos, así como una estrategia efectiva contra el narcotráfico.

El municipio no puede, ni debe, enfrentar en soledad estas problemáticas. Es imprescindible que la provincia de Río Negro acompañe con políticas, recursos e infraestructura real. También el Estado nacional debería asumir su parte de responsabilidad en fortalecer a ciudades históricamente postergadas como Catriel, aunque, en el actual contexto político y económico, esa expectativa resulte cada vez más lejana.

El desarrollo económico, sin inclusión social ni reparación de las desigualdades acumuladas, corre el riesgo de profundizar las brechas existentes en lugar de cerrarlas.

El tratamiento mediático del caso también merece crítica. Algunos medios difundieron el video de la agresión sin advertencias ni contexto, y con titulares como “Lincharon a la Chuky”. Estas prácticas refuerzan estigmas y fomentan el castigo como espectáculo.

El Código de Ética de FOPEA es claro: informar con sensibilidad no es ocultar la realidad, sino narrarla con respeto. El periodismo no puede contribuir a la circulación de discursos de odio o justicia paralela.

Además, las redes sociales amplifican lo inmediato, lo indignante. Por eso, más que nunca, hace falta un periodismo que ayude a pensar.

En este contexto, es clave hablar de salud mental y consumos problemáticos. Es conocido en Catriel que la mujer agredida enfrenta problemas de consumo. Pero no todas las personas que consumen delinquen, ni todos los delitos son consecuencia del consumo. Generalizar o estigmatizar no ayuda: solo profundiza la exclusión.

Hablar de consumo con respeto, sin estigmas y con perspectiva de derechos, no es minimizar el problema. Es reconocer que la salida requiere políticas públicas, no castigos ni omisiones.

Catriel cuenta con un dispositivo municipal llamado Paihuen, que trabaja con un enfoque comunitario en el abordaje de los consumos problemáticos. Sin embargo, enfrenta múltiples limitaciones que van más allá del compromiso profesional de quienes integran el equipo. La ciudad tiene un problema serio en materia de prevención, atención y acompañamiento en adicciones, en particular con el consumo de cocaína, una de las sustancias que más circula y afecta la vida cotidiana de vecinos y vecinas. El centro Paihuen depende del área de Desarrollo Social del municipio, actualmente dirigida por una persona sin formación específica en la temática. Esto se traduce en fallas recurrentes en la coordinación política del dispositivo, falta de planificación, escasa articulación con el área de Salud Mental del Hospital y una débil estrategia de difusión. Las acciones comunicacionales se reducen a publicaciones esporádicas en redes sociales institucionales o folletos dejados en oficinas públicas, lo que no alcanza para socializar un recurso que, en contextos críticos, puede ser clave. A esto se suman cambios frecuentes en el personal técnico, dificultades para garantizar sueldos acordes a las responsabilidades y capacitaciones que no son regulares ni sistemáticas.

En su momento, se intentó avanzar en un acuerdo con APASA (Agencia para la Prevención y Abordaje Integral de los Consumos Problemáticos de Río Negro), que podría haber permitido ampliar recursos y fortalecer la operatividad del centro. Sin embargo, el gobierno provincial pretendía que Paihuen dejara de ser un dispositivo municipal para transformarse en un CRAIA (Centro Rionegrino de Abordaje Integral de las Adicciones), dependiente de la provincia. El municipio rechazó esta opción, posiblemente por razones políticas o para no resignar autonomía. Lo cierto es que, actualmente, Catriel no cuenta con un CRAIA, mientras que en otras 18 localidades de la provincia funcionan 28 centros de este tipo. Incluso bajo gobiernos municipales alineados con la provincia, como los de JSRN, no se logró consolidar esta política.

Lo que Catriel necesita es una respuesta estructural: un centro de tratamiento integral para personas con consumos problemáticos, con atención permanente, posibilidad de internación y programas de reinserción laboral o formación en oficios. Esto último es un pedido recurrente de familiares, que ven cómo las personas que atraviesan situaciones de consumo enfrentan además el aislamiento y la falta de oportunidades. No se trata solo de acompañar, sino de construir caminos reales hacia la inclusión. También resulta imprescindible el diseño e implementación de políticas públicas de prevención y abordaje de los consumos problemáticos con perspectiva de derechos, que garanticen el acceso igualitario a la salud, la contención y la dignidad para quienes atraviesan estas situaciones.

La violencia que vemos en las calles y las redes no es solo un problema de seguridad. Es una señal de que algo más profundo se rompió. Y que hace falta reconstruir confianza, cercanía, comunidad. No es fácil. Pero se puede empezar por lo básico: que el Estado funcione, que las instituciones respondan, que la gente se sienta escuchada.

La historia de Catriel hoy no es solo la de una mujer con antecedentes delictivos y problemas de adicciones. Tampoco es solo la de un vecino cansado que decidió hacer justicia por mano propia. Es, sobre todo, la historia de una comunidad enfrentada al dilema de elegir entre castigar o cuidar, entre responder al dolor con violencia o con políticas públicas que reconstruyan derechos.Y también, que no perdamos la capacidad de distinguir entre justicia y venganza. Porque si lo que celebramos es la violencia, lo que viene no es reparación, sino repetición. Y la repetición de la violencia no fortalece la justicia: la destruye ¿Qué tipo de comunidad queremos construir? Una que castiga, o una que cuida.

Elio Carrasco
Martillero y Corredor Público
Director de Viento Sur Noticias
Presidente de Cooperativa Quatrifinio Ltda

«Tensionando el concepto de empatía»

Por Alejandra Valdez – Lic. en Trabajo Social

¿Han pensado alguna vez, en cuántas palabras, conceptos o ideas se ponen de moda en determinados momentos históricos?

De un tiempo a esta parte, mucho se habla y muchos hablan de empatía, algunos sabiendo su significado o al menos asomando a lo que refiere el concepto. Se dice por ejemplo “hay que ser más empáticos”, “cuanta falta de empatía”, “el o ella carecen de empatía”, “mirá que empática/o es”, entre algunas expresiones que se escuchan. Lo cierto es que, según mi registro memorístico, no es sino hasta hace unos pocos años que esta palabra comenzó a circular y socializarse entre las personas.

Lo más común que sabemos, en general, es que la empatía reviste cierta capacidad de ponernos en el lugar del otro/a, a groso modo parecería que con solo enunciarlo podríamos ser capaces de hacerlo, no obstante, y desafortunadamente no es tan sencillo.

Pensando recurrentemente este tema, entiendo que como toda capacidad, la empatía también es una capacidad que debe entrenarse, que no se dá de manera tan natural espontánea y automática. Seguramente, ante situaciones adversas atravesadas por otros/as hay un impulso inmediato humano de conmovernos y movilizarnos, no obstante, la empatía implica algo un poco más profundo que ese sentimiento primario.

“Y entonces me di cuenta de que todo el mundo sufría continuamente, incluidos aquellos que fingían no sufrir.”  – Charles Bukowski

Con la experiencia y el trabajo con personas como base, es que es posible inferir, que si bien hay una socialización mayor de conceptos que favorecerían la vida en sociedad y una mirada más compasiva hacía otros/as, también es cada vez más doloroso observar cómo nos denigramos y maltratamos en todos los ámbitos de la vida en sociedad. Aún cunado hemos atravesado recientemente una pandemia, con tantas muertes y con vidas afectadas y modificadas ante este inesperado evento, parece no haber dejado el saldo de aprendizaje que se presagiaba, en contrapartida, muchas veces se percibe en el aire y en las interacciones cotidianas una cierto anestesiamineto ante el dolor ajeno, a veces un corto interés por algunas problemáticas y la relativización de otras.

Sin caer en generalizaciones extremas, lo cierto es que también es posible dar cuenta de acciones que implican el surgimiento de la capacidad empática, siendo comunes o más frecuentes ante eventos que revisten injusticias, dramas o situaciones traumáticas.

Considero que el gran desafío, es poder establecer prácticas e interacciones de carácter empático en lo cotidiano, en la vida diaria, en las relaciones reales con otros/as, sin necesidad del acontecimiento o surgimiento de espectacularidades. A la vuelta de la esquina, en nuestros hogares, en la calle, en las instituciones, en cada rincón acontece la vida de personas que atravesados por circunstancias diversas, necesitan atenuar el peso y compartir la vida de manera más saludable. Como especie humana contamos con dos habilidades fundamentales: LA PALABRA Y LA ESCUCHA, tendremos que ser capaces de volver a nuestra esencia y otorgar tiempo a las prácticas que nos definen como seres humanos.

“Andy tomó una hoja de árbol del suelo y sonrió. – Hasta este árbol contra el que me he recostado me regala hoy un pedacito de sol. Colocó la hoja entre las hojas de su libro. El color amarillo iluminaba las páginas grises.
Andy no conocía a ese árbol, pero lo llamo el árbol del sol.

Cerró su libro, volvió a recostarse y esta vez fue el árbol quien le habló: Yo te daré un pedacito de sol todos los años para que en el invierno palpite la alegría en tu corazón. Tú llevarás el calor a aquellos que se crucen contigo, rociando sus almas con destellos de colores de la sinfonía del amor…

En cada mirada, en cada gesto, en cada palabra, tenemos la oportunidad de ser un pedacito de sol para los demás…”

Te daré un pedacito de sol- Mariana Jantti.

Opinión: «La odisea de una madre para preservar la salud de su hija»

*Por Nicolás Figueroa

Melisa no puede detenerse ni un segundo. Cada día se despierta con el mismo peso en el pecho, esa angustia persistente de una madre que teme por la salud de su hija. Hoy, su lucha es la de muchas familias en Catriel y en tantos otros rincones de Río Negro: cómo conseguir que un sistema de salud que les da la espalda no se convierta en una sentencia de muerte para sus seres queridos.

Su hija, de seis años, nació prematura y enfrentó una serie de problemas de salud desde el primer día. En las últimas semanas, su pequeña comenzó a sufrir fuertes dolores estomacales y necesitaba estudios médicos urgentes. Los médicos querían descartar problemas graves, como una malabsorción de nutrientes o alguna alergia alimentaria, pero en el hospital de Catriel no había manera de hacer esos estudios. Tampoco había tiempo para esperar a que la situación “se resolviera”, como le prometieron tantas veces. Así que, con el apoyo de vecinos, amigos y desconocidos, Melisa empezó una campaña para recaudar los más de 300.000 pesos necesarios y poder viajar al Alto Valle, donde finalmente lograron realizarle los estudios a su hija.

Detrás de esta lucha hay un esfuerzo que, aunque admirable, también duele. Porque esto no debería pasar. No debería ocurrir que una madre tenga que golpear puertas incansablemente, organizar rifas y hacer malabares económicos para conseguir algo tan básico como atención médica. Melisa sabe que no está sola en esta historia; a diario escucha relatos similares de otras familias, de padres y madres que, como ella, están agotados por la misma carrera contra el tiempo, por la misma impotencia frente a un sistema que no les da respuestas.

Catriel es solo un ejemplo, pero la situación se repite en toda la provincia. Los hospitales, sin personal ni equipamiento suficiente, se vuelven lugares de espera en lugar de espacios de solución. Porque para los ojos de Melisa, su hijita y muchos que no somos ajenos a esta realidad, el derecho a la salud se convirtió en un lujo, de golpe, un derecho se vio transformado en privilegio.

Esta situación dispara una pregunta urgente para quienes tienen el poder de hacer algo: ¿Qué significa realmente el derecho a la salud en Río Negro? Porque para esta mamá, no puede ser solo una bonita frase escrita en algún eslogan publicitario. Debería ser una garantía, un compromiso de que, sin importar dónde vivas, vas a recibir la ayuda que necesites cuando tu vida o la de tus hijos esté en juego. Lo que me lleva a otras preguntas: ¿Cuánto tiempo más pueden las familias de Catriel depender solo de la solidaridad vecinal? ¿Hasta cuándo el Estado se mantendrá indiferente al dolor de sus propios ciudadanos?

La empatía comunitaria hizo posible que hoy tengan algo de esperanza. La comunidad catrielense se unió, una vez más, para ayudar. Está claro que ese eslabón de la cadena no falla. La gente es solidaria, las donaciones anónimas llegaron a tiempo y es un orgullo, pero esto solo pone en evidencia una triste realidad: las familias no deberían tener que elegir entre comer o cuidar la salud de sus hijos. De nuevo, surgen los interrogantes: ¿Hasta cuando vamos a permitir que el acceso a la salud en esta provincia sea una batalla solitaria y desigual? ¿Qué tiene que pasar para que algo cambie? ¿Cuál es el límite?

oy, Melisa y su hija siguen esperando las mismas respuestas que muchas personas. La comunidad de Catriel ya no puede esperar más. Necesita un cambio, y lo necesita ya. Porque el silencio cómplice del Estado también es violencia. Porque cada día de abandono suma dolor y desamparo. Porque el derecho a la salud no se mendiga, se garantiza. Y es hora de que los responsables lo asuman, antes de que la desidia y las deficiencias del sistema se sigan cobrando vidas y destrozando sueños.